martes, 1 de febrero de 2011

Anónimos?

Allá en Playa aprendí a tener, como aquel que dice, ojo de águila. Por un lado me obligó la terca necesidad, madre virtuosa que bien enseña, y en poco tiempo, lo que se ha de evitar aprender toda la vida pues tiempo no hay para tales menesteres.
Sea como fuere, sí que sobrevuelan por mi magín dos o tres nombres, Ana Margarita, por ejemplo, de la Casa de Cultura de Mayarí, que me mandó a Playa algunos libros y que siempre agradecí pues bien que esos libros me ayudaban a nadar contracorriente cuando se terciaba y me aburría. O a Soe, mi buena amiga de Cabal, que me decía "Mira, te dejo este libro. Cuéntame cuando lo termines qué te parece. Ya sabes que mi biblioteca la tienes abierta siempre" y me iba con el libro para la parte de la playa, debajo de las uvas caletas, y ahí me pasaba mis buenos ratos, de viaje, fantaseando por los nortes y los sures del mundo, que bueno era viajar sin moverte. Y al mismo tiempo afilaba mi lengua para cuando me tocara entrarle a las pepillas y rendirlas en menos de una hora, antes de que llegaran a la fiesta de la guagua de la música los otros buitres, vamos que como decíamos por allá "Oye socio, si eres rápido entonces puedes vivir en el oeste" y esos verbos que aprendía, en esas facilidades con ponerle a las palabras la música necesaria, me salvaron más de una vez, y eso no se puede pagar con nada.
Llegue hasta esas buenas amigas mi más sincero abrazo, y ojalá podamos vernos el año que viene si viajo a la isla. A ver si todavía se mantiene el Concurso de relatos Lengua de Pájaro. Obra humilde de mi gente de allá que me merece muchísimo respeto porque son capaces de con casi nada, hacer milagros de los buenos, de los que tampoco se pueden pagar, sí bendecir y estimular para que se mantengan ahí, en el yunque, como buenos forjadores. ¿Anónimos del todo? No del todo, más allá del ojo siempre hay otro ojo que nos ve y estamos a la par.
Ubaldo R. Olivero

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