martes, 24 de agosto de 2010

Masilla que arde

de las guerras que fueron
y ahora crecen los laberintos y las murallas que son sus ojos
y el rinoceronte hace su siesta

de los juegos que fueron nuestros horizontes
ayer
cuando el metal no resonaba todavía en nuestros oídos
y Dios era un trozo de masilla
que ardía y ardía

el corazón reposó
y el hombre trazó una línea sin medida
y se perdió en ella
pero ya en la cuna estaba cartografiado su peregrinaje en línea recta



U. R. Olivero

jueves, 19 de agosto de 2010

En Madrid

Viajé a Madrid y me chocó el asunto ese del metro. Uno cree que vamos en la dirección que rueda el vagón (si atendemos al gráfico que señala las distintas paradas de la línea en la que viajas) y nones, que vamos en la dirección contraria, un poco al reves, como aquel que dice. ¿No va el mundo un poco así? No es nada importante pero algo lo es. Hay algo en la momumentalidad de la Villa del oso y el madroño que me asfixia, no sé bien qué, quizás prefiero continuar en mi aldea, (palabras, papel, imágenes e imágenes, de fuera y de dentro) empezar a construir la casa por los cimientos, cosas así, no fue de otro modo en que se empezó a laborar el barro de ese homínido llamado Homo sapiens, ese mismo que aprieta el botón de un Caza bombardero y suprime del paisaje a animales de su misma especie (desde de Vietnam y mucho antes). Y anduve un poco por ahí y me gustó escuchar el castellano, una especie de medida y tiempo entre las pantuflas y el pijama, en un café de media intensidad por ahí por el barrio de Chueca, a dos tiros de arcos (continúo en la aldea) del metro Chueca. Y aquí en los madrises entré en algún que otro blog de cubanos ¿escritores? que viven en Madrid, según me sugirió un amigo, y me sorprendió, me sorprende, la facilidad con que algunos mecanógrafos se colocan ahí, en la parte de Comentarios y escupen y cocen frases vacías, creyéndose, los ingenuos, que dicen algo, que argumentan algo. Y citan y citan y presuponen lo que no deberían. ¿Han leído a Luciano? ¿han leído a Boecio, a Gracián, a Mateo Alemán, a Montaigne? Vaya, como rinde un viaje sin moverte mucho por las callejuelas del reino que supo tan bien tejer y destejer Pérez Galdós en los bajos y los altos fondos. Y me moví. Y crecí un poco más dentro de la librería Eléctrico Ardor Libros, con las buenas y cuidadas ediciones que tienen allí Alicia y Martín, libros grandes por sus pequeñeces, libros de fondo que se aprecian desde la superficie por lo sabio que contienen sus palabras bien puestas y abiertas. Nada, que si andan cerca, Pelayo 62, por ahí por Chueca, un paseíto por la librería quizás no les vendría mal. De demasiadísimos escritores está sobrado el mundo, de libros realmente buenos y luminosos, no, por desgracia. Buen provecho y ojo al parche como reza el refrán.



Ubaldo R. Olivero

viernes, 13 de agosto de 2010

Besos de fogueo

Pícaro y codicioso en sus construcciones narrativas, Montero Glez sabe que decir algo que se acerque a decirlo todo pero sin decirlo todo, es buena señal de mostrar ser un lector competente, un aprendiz que se fija bien en los palacios donde viven los maestros del contar, y ahí radica uno de sus brillos, y ahí están esos Besos de fogueo, que ayer entré en su territorio y una vez más tuve mucho placer en saborear su prosa, sus ardides para que el ritmo no desalentara ni un momento, ni la voz que cuenta lo que llegó a su memoria por otra vía, sea una voz extraña, una pasajera que incordie. El uso de los símiles lo borda y el uso de los adjetivos no lo borda menos. Bueno eso de que al hablar de las uñas poco adecentadas de un sin techo que se refugia en el metro por ahí por Alcalá, en Madrid, diga que le parecen "como mejillones".
El relato se llama "Sin mierda en las tripas". Léanlo, no se decepcionarán con la carpintería fina de este adicto de las zonas oscuras que viven en nosotros y que sabe tan bien filtrar para que nos llenemos de tristeza y para que al mismo tiempo nos alegremos de esas tristezas. Y ese relato del hombre que va a un sitio medio secreto para saciar sus hambres sexuales que todavía no han salido del famoso armario, y al final descubre, por ese perfume que le llega de Oriente que quien se la endiñó por el mapamundi fue su propio hijo, y todo queda en familia, como aquel que dice. Léanlo y disfrutarán. Y se sabrán en todo momento ante un artista que sabe decir sin decir. Voto a las prosas de Montero Glez.


Ubaldo R. Olivero

viernes, 6 de agosto de 2010

El peine ha perdido su prestigio

No veo a mucha gente peinarse por ahí. Ahora el pelo, al libre albedrío del viento amigo, es quien hace sus agostos, ya no el gesto (en otros tiempos de romántica presunción) de sacar el peine y acomodar esos flequillos traviesos que quieren ir a su aire, concientes de que quien no intenta someterlos, discurre un poco más allá, sortea con fortuna el fácil encasillamiento de que aquella o esta forma en el cuero cabelludo, pregona esto, o aquello. El peine ha perdido todo su otrora prestigio, porque, vamos aver, si el pelo se mueve, hasta es probable que se meneen un poco las ideas que le bullen y zascandilean debajo, y si tal ocurre, todo va bien, pero si el peine o la gomina las quieren fijar, mal vamos, habrá que estar pendiente de que no se desarme el tinglado. Y ahí a las ideas entonces les cuesta respirar y salir a dar un paseo, que es lo que ocurre cuando hace buen viento y la caja del cuerpo necesita de espacio para ventilarse un poco. Mi amigo, el poeta Alfredo, de cuando en cuando, saca su peinecito, y mirando un espejo que no tiene delante, acomoda un poco ese flequillo que se le rebeló, y la muchacha de al lado lo mira un poco nerviosa, desorientada, porque esa imagen ya se ha perdido, quedan pocos que le devuelvan su sacro prestigio. ¿Es de carey? Le pregunté una noche en el As de Copas, pero mi amigo el vate no sabía si era carey, o no. Me lo enseñó pero no estaba seguro que fuera de carey, quedan pocas de estas tortugas de las Indias Orientales, se persigue su huevo, manjar exquisito para bolsillos desahogados. Vivan los peines y Emiliano Zapata!
Ubaldo R. Olivero

jueves, 5 de agosto de 2010

Lo peor de todo

Lo peor de todo, la novelita de Ray Loriga, mantiene tantos años después su alegre frescura y sus muchas minas. O sea que muy bien. La leí en Cuba por allá por el complicado 93, según recuerdo. Un gallego, un poquitín abundante de carnes, y rosadito de piel, salió del Habana Libre? con ella en la mano, y como yo muchas veces andaba por ahí a ver lo que caía, pues siempre algo caía, le abordé y le dije que en las librerías de mi querido largarto de piel verde escaseaban las novedades. El caso es que nos pusimos a conversar de lo de más allá, y lo demás acá, y digamos que sintonizamos pronto, por aquello que se dice de que mucha gente, cuando sale de viaje, deja en casa la armadura, y se relaja, y eso es bueno. Lo bueno de Lo peor de todo es que lo peor tiene sus partes buenas y sus partes no tan buenas, y se habla de las guerras sin que se blasfeme, y hay en Elder Bastidas y compañía muchos Elder Bastidas, como si le molestara salir de ese tiempo de niño que vive, rebelándose con todos y contra todos. Y cuando habla de su hermano M uno no sabe qué sentir por el resto del mundo y las voces que lo pueblan, si sentir algo de compasión o algo de sus derivados. En fin, que cuando Francesco me la pidió para leerla, recordé (volvió a pasar por el corazón) aquellos tiempos en que yo merodeaba el Habana Libre? a la caza de escritores de fuste. Con los libros de Ray Loriga acerté. Y ojalá a ustedes les pase lo que a mi cuando descubrí sus reinos y sus bien capacitadas anarquías de narrardor nada rígido y sabio en el cómo. Me gustan sus libros y sus talentos de cazador.
Ubaldo R. Olivero

viernes, 30 de julio de 2010

Recuerdo infieles

Soy devoto constante de los recuerdos infieles antes que de los recuerdos fieles. La infidelidad de los buenos recuerdos se parece bastante, por sus libres añadidos y supreciones, a la orgullosa fantasía de las matemáticas. Estas, las fantasías de las matemáticas, cuando quieren que un buen recuerdo pase de un cubo a un pentágono, o de un pentágono a la estimulante figura de un dodecaedro, hacen del arte del fantasear, un camino abierto, no sujeto ni forzado a excesivas racionalizaciones (de un dodecaedro a un círculo hay muy poco viaje, apenas una breves limaduras), pues tiende a ser y obrar la fantasía que todos llevamos dentro, cuando no se le aherroja con cadenas de nulo misticismo, un río alegre, una montaña para buscar, y probablemente encontrar el sosiego necesario en sociedades tan prisioneras como las de hoy. Deberíamos detenernos de cuando en cuando, y hacer el viaje de la piedra a la estatua, como dijo no recuerdo dónde el poeta lusitano autor de Ensayo sobre la ceguera, muerto poco ha. No es posible ni sano condenarlo todo (nunca lo fue) a un número preciso e inamovible de reglas. El ayer y el mañana nunca dejarán de ser, por suerte, pasadizos donde cada cada cual sueña con ese círculo misterioso que lo lleva de un punto a otro punto, y en cuyo viaje la defensa de la fantasía necesita de movimientos libres y energías limpias de retos superficiales.
Ubaldo R. Olivero

lunes, 26 de julio de 2010

La hoja roja

Hay libros mudos, y libros que hablan, y libros que saben callar a tiempo para que la historia continúe dentro de nosotros un viaje menos efímero, menos impaciente por acabar. La hoja roja, de Miguel Delibes, es un libro así, un libro que no termina nunca porque el ejercicio del nunca no comulga con la religión de la historia que se predica en la novela. Eloy y la Desi están más allá de la soledad que irradian sus vidas, y cada movimento de sus almas viene a ser como la ola que rompe en los acantilados, viene la ola, rompe con fuerza y vuelve a sus orígenes para regresar una y otra vez, así las soledades y así el amor que los une, los tienta, los envejece y los renueva una y otra vez como la ola de antes, como el primer grito del mundo cuando en las cavernas un alma necesitó del calor de otra para no impedir que le creciera un inmenso desierto dentro, para impedir una muerte poco compasiva y todavía por nacer.
Ubaldo R. Olivero

viernes, 23 de julio de 2010

Habana con Kola

Que música más sabrosona esa de Habana con Kola. Te mueves por dentro y te mueves por fuera, importantes las dos cosas. Si las ideas se mueven, se mueve también el cuerpo, y viceversa. Tocan de cuando en cuando en el Harlem, que se pone bien bien. Hay quien me dice "Es como estar en un pedacito de Cuba" y yo le digo "Efectivamente".
Esos muchachos de Habana con Kola saben tocar y componer, que no es poco en estos tiempo de cortar y pegar con tan extraña y bochornosa facilidad. Nada, que por tan poco, tienes ese mucho. No abundan músicos así tan entregados y esperemos que les vaya mejor porque, a mi entender, se lo merecen y tienen ganado. ¿Que tus ideas están un poco tontinas y rígidas y necesitan aire y distraerse un poco? Vete a verlos y bailarlos, te sentará bien a ti y a tus ideas. Y con el elemento añadido de que los camareros/as y la gente del Harlem saben estar en su sitio, son agradables y desenfadados, saben mantenerse. O sea que a esos muchachones y muchachonas también hay que cuidarlos. No te detengas, acércate un rato por ahí y comprobarás que estas palabras mías, nacidas del cerco de mi dientes (así lo decía el gran poeta Homero en sus obras) tienen fondo y contenido, no solo forma. Bébete un trago a mi salud y cuida tus riñones. Ubaldo. R. Olivero

jueves, 22 de julio de 2010

Algo de sentido

Que se dejen de cuento. Ellos saben (o intuyen) que nosotros sabemos e intuimos. Uno se pregunta ¿por qué tanto fingir? Conviene adornar a veces la casa, pero una casa con demasiados adornos innecesarios puede conseguir que la casa se derrumbe, y si la casa se derrumba, nos quedamos sin techo donde guarecernos, sin techo para poder invitar a los amigos que necesitan amparo y cobijarse de las malas estaciones, como aquel que dice. Leí un libro hace poco importante. Fuck América, uno de esos libros que cuenta sin contar, y que revela, y provoca que te rebeles ¿No deberían conseguir eso los buenos libros, los libros que deberían estar más allá del famoso bien y del no menos famoso mal? Quien sabe. Eso es lo que creo y quiero creer. Lo leí y lo recomendé. Y quellos que se sumaron a mi recomendación, se sintieron sacudidos, se sintieron revelados y rebelados. Han pasado años y su vigencia permanece, su silencio que habla permanece en activo. Ah, la bendita inocencia que tantos queremos proteger! ¿Antes no habría que cruzar según que desiertos, empañar no sé que espejos, beber de no sé que ríos o fuentes? Eso no estaría mal, por lo menos Ellos sabrían que sabemos, otro asuntos es disimular que no, mientras tanto, el río fluye. U. R. Olivero

martes, 21 de julio de 2009

Palabras

Juntar palabras y hacer notar mediante su dispocición y varias estrategias que se dice algo, eso es relativamente fácil. Si en una obra no hay un dilema, (o más de uno)pongamos una cierta disyuntiva, cráteres que nos lleguen corazón adentro, corre el sacrosanto peligro de quedarse en el simple ejercicio de gramática torpe. De gramáticas torpes, infectas, vacías de contenidos, están repletas todas las bibliotecas del mundo. Lástima que todavía algunos/as se crean que porque junten y peguen cuatro frases moderadamente hilvadas (sí, hilvadas, no hilvanadas) están diciendo algo. ¿Leen alguna vez algún libro? ¿O únicamente se limitan a deletrear? Me temo que ocurre esto último y muchos lectores/as, pobres, se pierden, porque ni saben distinguir ni descifrar, y además salen más confundidos del bosque de palabras, porque un escrito viene a ser más o menos eso: un bosque de palabras, sí amigos/as, pero hay bosques y bosques así como un dromedario y un camello no son necesariamente lo mismo aunque cumplan parecidas funciones en lugares de recio sobrevivir; y protéico y proteínico funcionan como sinónimos por mucho que lo pongan entre los bastidores de la duda ciertos profesores/as, que sé que así es. ¿Y que hace uno como modesto lector que es y no lector tan desatento? Pues continúa dándose un viajecito, un bañito en las fuentes, porque las fuentes todavía mantienen un grado de pureza que ilumina y no daña, que antaño la prisa por hilvar era menos prisionera de la prisa y se pensaba un poco antes de ponerse a la tarea de crear, de buscar una comunión entre unos y otros, entre aquel que quiere añadir algo mediante señales y aquel otro u otra que aguarda para recibirlas y tener movimientos en el pensar, fueran los que fueren. Nos vemos el miércoles que viene. U. R. Olivero

lunes, 1 de septiembre de 2008

Las máscaras y yo

Me resulta curioso (para un estudio vamos) ese tipo de personas que dice que lee mucho "Si, yo dede niño leo bastante... En mi casa había una biblioteca enorme... Me encerraba en el cuarto de baño y mi madre tenía que obligarme a salir del lavabo..." enfatizan una y otra vez, "Desde pequeño yo..., sí, leía mogollón" e insisten en leer algo tuyo. Uno, como quiere ser prudente con el tiempo del otro/a porque supone que lo emplea en sustanciosos menesteres, le dice que sí, que le dejará algo, algo cortito para que no se atabale, para no robarle parte de su precioso tiempo. Y busca entra las cosas que ha escrito algo de no más de cinco páginas y se dice "Bueno, con esto bastará". Y quedan, y el otro/a se lleva el texto, nada, apenas un cuentecito de poco voltaje para complacer a quien presuntamente la curiosidad le vive, a quien semillas quiere regar. Y pasa un mes y pasa otro y un día te lo encuentras en el patio de letras de la Facultad de Filología y después del dudoso y cálido saludo te dice qué todavía no ha leído lo tuyo porque no ha tenido tiempo, que ha ido de culo y que ya lo hará. Tu le dices que no pasa nada, que no se preocupe. Y vuelven a pasar dos meses y la misma cantaleta. Que no pasa nada, que no hay porque preocuparse y venga otra justificación y otra. ¿Qué pasa? Uno se pregunta. Se puede comprender que quien lee algo de uno no le apetezca opinar, no sepa cómo hacerlo, no encuentre las palabras más apropiadas para apuntalar este detalle, decir si lo que leyó le pareció flojo, no le gustó, se le volvió desde principio a fin demasiado blando, previsible, incluso torpe y ñoño, todo eso puede llegar a entenderse pero lo que cuesta un poco más en ese tipo de gente que hablan del tiempo y de las pasiones que un día tuvieron, y se afirman machaconamente en que aún permanecen inalterables cuando en el fondo del fondo no es cierto, lo que cuesta, digo, es que no se cansen de ese absurdo teatro que se parece bastante a la miseria mísera y a la triste compasión. ¿Por qué se engañan e intentan hacerlo con los demás? A otro perro con ese collar porque uno se cansa. Bueno, no quiero continuar con estos tonos grises. U. R. Olivero.

lunes, 11 de agosto de 2008

Uno entre miles

Sería un buen corte de sabiduría que uno no se dejara tentar por el exceso de frivolidades que amenazan continuamente la deseable armonía del espíritu, de los sentimientos; pero desgraciadamente estas se cuelan, te sangrían, te ponen zancadillas difíciles de notar a primera vista. Y como uno no es uno si no más de ese uno, a veces cae, otra veces no. Estoy cansado. Siento que hoy por hoy he perdido más de lo que he ganado por estos mundos. Hace poco lo hablaba con cierto amigo y me decía que tenía que ser un poco más paciente. Puede ser que tenga razón pero eso no atenúa ese cansancio que antes decía. ¿O he ganado más y no he sido capaz, no he sabido darme cuenta? Las extrañezas que a uno le ocurren cuando siente un vacío enorme y no sabe como esquivarlo, no sabe como devolverlo a su naufragio, a las costas de su territorio. Otro pan para otro circo, recordando un poco a Juvenal en una de sus sátiras. U. R. Olivero

lunes, 14 de julio de 2008

Sentires

¿Cuántas obras maestras y supuestos clásicos nacen por semana? ¿Por qué adulan con tanta desfachatez ciertos presuntos críticos a esos/as que más adelante pueden devolverle el favor en según que revistas, en según que suplementos literarios y similares? ¿Por qué, a la hora de hacer un comentario con el argumento que se supone ha de sostenerlo, muchos/as confunden la obra con quién está detrás de la firma y son incapaces de diferenciar que una cosa es la estrella que se pretende visualizar (o sus galaxias) y otra bien distinta el ojo que se mantiene detrás del telescopio? ¿Por qué se mezcla con tanta facilidad saber leer con saber deletrear? ¿Por qué entre la apariencia y la esencia no se hace distinción y suelen meterse a las dos en el mismo saco? ¿Quién dijo que la gramática muerta es obra que irradie, volcán que erupcione, semilla que germine, puente que una, brújula que guíe? Estoy cansado de escuchar estupidezes por doquier y no encontrar en ellas algo que se pueda separar como suele hacerce con el famoso grano de la no menos famosa paja. Estoy cansado de los catones menores que andan sueltos por el mundo intentando monopolizar, con frases torpemente cocidas, el interés de los que sienten curiosidad por vivir con sabiduría, con temple, con sosiego. Se fatiga uno mucho de tropezarse por los anchos caminos del mundo con esos pobres diablos/as, que todavía no han aprendido a discernir que una cosa es el ala del pájaro y otra el viento que lo equilibra. Me fatiga, sí. Y por eso me desahogo aquí. Y a quien le moleste que mi emoción traduzca en estos tonos un tanto grises (a pesar de ser un pesimista activo) ya puede sentarse y rebatirme como mejor se le antoje. Yo escucharé atentamente y donde se tercie hacer una reverencia, no me importará hacerla. Y donde concidere deba volver a refutar, evidentemente lo haré. No se trata de la bala, se trata de quien aprieta el gatillo y si el dedo que lo aprieta apunta en la dirección oportuna pero al mismo tiempo en dirección abierta. Se trata de dudar, que es presentir. Lo demás es asomarnos un poco a nuestros abismos y aprehender para que no nos vuelvan anémicos neuronales los listillos de siempre. U. R. Olivero

jueves, 10 de julio de 2008

R. W. Emerson, uno de los grandes

Fue hace tiempo, cuando apenas entendía lo que significaba una subordinada o mínimamente conocía la eficacia de un buen sustantivo, el golpe corazón adentro de un verbo. Si la memoria no quiere ahora ponerme una sancadilla, el ensayo se titulaba Círculos. Fue entre los muros y las rejas y los candados de Playa Manteca. Allí tengo amigos y allí mataron a uno de mis mejores amigos y maestros. Eusebio. ¿Se acordarán de mi los que quedan allí?. Desde que lo descubrí, me dije, "He aquí a un tipo que sabe lo que dice porque sabe leernos". Claro que eso de que aquel Emerson sabía leernos lo supe después, pero mucho más tarde. Leía y leía sin deternerme en si esta palabra o aquella obra llevaban esta o aquella dirección. Las palabras casi siempre tienen más de una dirección. A veces nos favorece tal dirección, a veces no. Las palabras tienen tantos saltos dentro de ella como imaginaciones encierran dentro de sí las volutas o los vitrales de una basílica. La palabra basílica me encanta. Tiene un hechizo que no se puede abarcar con tan solo pensarla un par de veces. Eso hacía Emerson, hechizaba, conseguía que hasta lo más insignificante (semióticamente hablando) pareciera encerrar grandes metamorfosis, grandes repercuciones. Luego entré en sus otras obras en España y ratifiqué lo que ya intuí allí en aquel mi otro Castillo de If. Si alguna vez he sentido que empleaba mi tiempo en algo verdaderamente últil, ha sido cuando estaba de viaje con las palabras de R. W. Emerson. Es imposible que si entras en el, en sus escritos, con las neuronas activas y dispuesto a que suceda un paso detrás de otro, repito, es imposible que ya seas el mismo después de leerlo. Cierto que sucede con otros pensadores o filósofos, ciertísimo, pero de las dos manos, sobran unos cuantos dedos. Nos vemos! U. R. Olivero.

martes, 8 de julio de 2008

Campanella orbitando

Ya lo comenté en otro Blog pero se me perdió (eso de que estas máquinas son infalibles no es un cuento que acabe de seducirme). Hablaba de un libro que ayer me compré y leí, que no engullí no, que lo leí. Tiene pocas páginas pero es un libro interminable, como Pedro Páramo, de Juan Rulfo el Grande, por ejemplo. Ya se sabe que desde siempre se persigue y fustiga a la gente que piensa por si misma y además lo hacen con argumentos bien dispuestos, por eso me impresiona la vida de Boecio, de Erasmo, Campanella, la de Giordano Bruno, la de Galileo, bueno, eso por no hablar de otros/as que siglos más tarde vadearon el mismo infortunado río, un río de aguas caprichosas y en el que naufragaron y naufragan, hoy por hoy, demasiados marineros/as, del pensamiento libre, sin ataduras, de vuelo estimulante. Al salir de la librería Documenta, que durante muchos años ha sido el santuario de mi salvación, me encontré con Aina, una mujer intensa, provocadora, de unos labios realmente hermosos. A ella no le gusta que yo diga estas cosas en voz alta pero no puedo evitarlo, me cuesta. Fuimos a beber un café a la Plaza Real. Esa fue la primera plaza en esta ciudad donde me senté a tomarme un café en cuanto aterrizé en esta caótica pero inolvidable ciudad. Eso fue por allá por marzo del 94. En aquel terrible año, (por que fue un año muy terrible) mucho gente se largó de mi país en lo que pudo. Miami quedaba relativamente cerca pero al mismo tiempo estaba lejísimo. Muchos se quedaron en el camino, sabroso banquete de los tiburones. Un primo mío y un amigo suyo salieron de Alamar en una recámara de tractor y nada, nunca supimos más de ellos. Ahora Campanella me lo recordó, más allá de que mi primo no escribiera nunca ni una triste carta pero también, como Campanella y anteriores y otros que le continuaron, tenía sus propias ideas. Eso no les conviene a ciertos poderes, no les conviene que la gente tenga las ideas activas, sin fisuras. Desde acá le mando un abrazo y esta tarde me beberé un trago a su salud. U. R. Olivero.