viernes, 27 de agosto de 2010

Visitas

para Soledad Astromujoff. TQM.



Me asomé y ya no quedaba nada. Kenia también se había ido para siempre. Le echaba de menos. Allá, lejos, entreveía algo que parecía una cometa ¿un espejismo? Todo estaba solitario, el esqueleto de la soledad se había materializado en todo aquello y a mis ojos le costaban resistir tanta desolación. Sentí que algo muy opresivo dentro de mi me asfixiaba, como si fuesen las garras de un saurio que desde una borrosa lejanía tiranizaba mi vida, y me decía que después de aquel vacío ya nada sería posible, que debía renunciar, que debía irme, que eso que creía parecerme el vuelo de una cometa no era más que una misteriosa señal, una invitación a marcharme muy lejos. Me sentí en el peor de los abandonos. entré y cerré la ventana. Creí que así me protegía de algo pero no sabía bien de qué ni por qué me pareció que cerrar la ventana era un acto importante en ese momento Intenté sintonizar la radio pero no pude. Aquella noche soñé con la cometa que me pareció medio ver en el horizonte. ¿Un espejismo? ¿Una forzosa invitación a marcharme también para siempre? Antes de acostarme me leí todas las cartas que Kenia me había enviado en los últimos cuatro años. En algunas de ellas noté mucho miedo pero al mismo tiempo la monolítica convicción de que prefería quedarse allí en Liberia hasta que todo terminara. ¿Hasta que la guerra se quedara sin ojos, sin armas, sin contendientes? Me costó dormirme después. No me dejaba el calor. Soñé con búfalos y el sitio por el que que corrían no lograba identificarlo bien. Había estado allí pero no lo reconocía. Cuando me levanté a las 8 y 35 de la mañana todo estaba oscuro, el día tardaba en nacer. Recordé el libro de Oriana Fallaci. Vietnam. 1967. Lo tenía conmigo y no me atrevía a volver a entrar en sus páginas. El día no acababa de nacer, lo noté por el pobrísimo amago de luz que se colaba por la rendija de la ventana. ¿Dónde estaría Kenia? ¿En que región estaba? ¿Había perdido su violín en el viaje? ¿En Liberia? ¿Por qué Liberia? ¿Por qué? No sé por qué lo pensé pero pensé que lo había extraviado en el viaje, que alguna ráfaga de viento se lo arrebató de las manos y lo había lanzado lejos y ella no podía alcanzar su amado violín. La bella Kenia. Bella en sus palabras y en sus gestos y bella en su compromiso de no abandonar Liberia hasta que la maldita guerra hubiera enterrado sus desesperanzas. El pircing de sus labios me dolía cuando veía sus fotos, y no tenía valor para pensar que un día la desterraría de mis primeros recuerdos, los de la isla, que alguna vez pudiera matarla dentro de mi, aquel paisaje que tenía enfrente me aprisionaba para que así fuera. No quería pero nada podía hacer para impedirlo. A mediodía la idea de abrir la ventana me tentó pero fui fuerte, me resistí, mi guerra y la guerra del deseo combatieron durante un rato pero finalmente se impuso el miedo y no me acerqué a la ventana. Tenía poca comida y pronto tendría que salir. Septiembre tardó mucho en morir.



Ubaldo R. Olivero
cajimaya@hotmail.com


miércoles, 25 de agosto de 2010

Eléctrico Ardor

Que decía el periodista Carandell, que nadie era de allí y todos eran de allí, y así los asuntos de la Villa y Corte, los asuntos de la Villa del oso y el madroño, rodaban mejor.
Había un señor vendiendo puntos de libros a escasos metros de la plaza de Santa Ana, y Soledad y yo nos acercamos a curiosear, y como el que no quiere la cosa, parla va parla viene, se coló el bueno de Galdós, que acaba de leerse, nos dijo, Fortunana y Jacinta, y el hombre se emocionaba cuando recordaba las andanzas de Juanito Santa Cruz y su tropa de amigos. Después de la fresca y fugaz travesía por algunos pasajes de los territorios del escritor, le compramos tres puntos. Las fotos de los puntos las había hecho el mismo y esas poesías que apuntalaban las fotos eran un poco representativas de aquellos tiempos de picardías y dimes y diretes, donde un guante aparentemente caído al azar, o una nariz poco amable con cierta estética defendida en el momento, o un chisme sobre cuernos en los entresijos de palacio, eran el alfa y el omega de la socarronería y los chascarrillos, y las púas de los Quevedos y los López y los Góngoras.
Había leído esa novela, muy lejos, muy lejos en el tiempo y el espacio y todavía muchos de sus pasajes se movían dentro de mí sin forzarlos a reaparecer.
Abejeaban gente paseo arriba y paseo abajo y el señor de los puntos que como el canario escribían pocos hoy por hoy. Luego le preguntamos por la parroquia de San Sebastián, “esa que tenía dos caras como algunas personas”, parafraseando al maestro canario hijo ilustre de Los Madriles, que ahora la parroquia estaba en obras, que ahí detrás estaba enterrado el bueno de Quevedo.
Nos pasamos por allí y percibimos el aroma del grande poeta que cantó a las prisiones interiores no menos esclavizadoras que las prisiones convencionales y conocidas,

Alma a quien todo un dios prisión ha sido
Venas que humor que ha tanto fuego han dado
Médulas que han gloriosamente ardido

Hasta me pareció sentir el alma de Fortunata ¿O era Jacinta y la memoria me urdía, pícaramente, una zancadilla acorde con los tiempos de antaño y no tan impropios de hogaño? Bueno, pues que me pareció verla y hasta escucharla hablándole al doctor sobre sus dolencias y sus soledades.
En la librería donde nos cobijábamos esos cuatro días, sabroso baño de cortesía de Alicia y Martín, habían muchos libros interesantes y ediciones que ya no estaban de moda en el sacrosanto y pujante mercado. Ediciones de aquel lado de allende los mares, (como cantaría el poeta), y ediciones de acá, y uno, como lector hambriento que nunca se sacia, pues detiene los ojos en ese Facundo de la bolivariana Ayacuho, o en esa edición de El siglo de las luces de la escasa de papel Letras Cubanas, o aquel otro librito, El juguete rabioso (en cuya portada figuraban unos puños detrás de unos barrotes, como queriéndose escapar el dueño de esas manos) leído y venerado ayer por los grandes del famoso boom, que ya venía de antes ese boom pero nunca está de más refrescar.
Ahí estaban en la edición de Pomaire mis dos amigas, las hijas de Galdós, tan buenas y tan vivitas como siempre, y volvimos a reencontrarnos tantos años después, y Madrid se me creció tan cautivador como hoy a pesar de los pesares de Fortunata ¿o era Jacinta? A pesar de la caída de Rubín. ¿Loco Maxi? ¿No loco? Y el santo de Feijoo, el santo de Feijoo en busca de espirituales compañías…
Ayer eran los vicios dentro y fuera del horno, los meandros de las picardías, el látigo de los inciensos y rosarios, la buenas costumbres y las cuidadas formas. Hoy no había cambiado mucho solo que las formas y los vicios llevaban otros nombres y otros apellidos, y quizás se publicitaba demasiado lo que sobresalía en su apariencia por aquello de faltarle la magia del contenido. Pero ya lo había dicho el doctor a Fortunata ¿o era a Jacinta?
“Porque en esta vida de perros que llevamos Fortunata, no hay peor desgracia que tener el corazón demasiado grande”.
En lo grande, si se sabe contener bien lo pequeño, no cabe nada porque cabe todo. Carandell sabía de esas cosas pues luego vino a ser otro hijo adoptivo de Madrid, la de muchos caminos y muchos cielos.



Ubaldo R. Olivero
cajimaya@hotmail.com






martes, 24 de agosto de 2010

Masilla que arde

de las guerras que fueron
y ahora crecen los laberintos y las murallas que son sus ojos
y el rinoceronte hace su siesta

de los juegos que fueron nuestros horizontes
ayer
cuando el metal no resonaba todavía en nuestros oídos
y Dios era un trozo de masilla
que ardía y ardía

el corazón reposó
y el hombre trazó una línea sin medida
y se perdió en ella
pero ya en la cuna estaba cartografiado su peregrinaje en línea recta



U. R. Olivero

jueves, 19 de agosto de 2010

En Madrid

Viajé a Madrid y me chocó el asunto ese del metro. Uno cree que vamos en la dirección que rueda el vagón (si atendemos al gráfico que señala las distintas paradas de la línea en la que viajas) y nones, que vamos en la dirección contraria, un poco al reves, como aquel que dice. ¿No va el mundo un poco así? No es nada importante pero algo lo es. Hay algo en la momumentalidad de la Villa del oso y el madroño que me asfixia, no sé bien qué, quizás prefiero continuar en mi aldea, (palabras, papel, imágenes e imágenes, de fuera y de dentro) empezar a construir la casa por los cimientos, cosas así, no fue de otro modo en que se empezó a laborar el barro de ese homínido llamado Homo sapiens, ese mismo que aprieta el botón de un Caza bombardero y suprime del paisaje a animales de su misma especie (desde de Vietnam y mucho antes). Y anduve un poco por ahí y me gustó escuchar el castellano, una especie de medida y tiempo entre las pantuflas y el pijama, en un café de media intensidad por ahí por el barrio de Chueca, a dos tiros de arcos (continúo en la aldea) del metro Chueca. Y aquí en los madrises entré en algún que otro blog de cubanos ¿escritores? que viven en Madrid, según me sugirió un amigo, y me sorprendió, me sorprende, la facilidad con que algunos mecanógrafos se colocan ahí, en la parte de Comentarios y escupen y cocen frases vacías, creyéndose, los ingenuos, que dicen algo, que argumentan algo. Y citan y citan y presuponen lo que no deberían. ¿Han leído a Luciano? ¿han leído a Boecio, a Gracián, a Mateo Alemán, a Montaigne? Vaya, como rinde un viaje sin moverte mucho por las callejuelas del reino que supo tan bien tejer y destejer Pérez Galdós en los bajos y los altos fondos. Y me moví. Y crecí un poco más dentro de la librería Eléctrico Ardor Libros, con las buenas y cuidadas ediciones que tienen allí Alicia y Martín, libros grandes por sus pequeñeces, libros de fondo que se aprecian desde la superficie por lo sabio que contienen sus palabras bien puestas y abiertas. Nada, que si andan cerca, Pelayo 62, por ahí por Chueca, un paseíto por la librería quizás no les vendría mal. De demasiadísimos escritores está sobrado el mundo, de libros realmente buenos y luminosos, no, por desgracia. Buen provecho y ojo al parche como reza el refrán.



Ubaldo R. Olivero

viernes, 13 de agosto de 2010

Besos de fogueo

Pícaro y codicioso en sus construcciones narrativas, Montero Glez sabe que decir algo que se acerque a decirlo todo pero sin decirlo todo, es buena señal de mostrar ser un lector competente, un aprendiz que se fija bien en los palacios donde viven los maestros del contar, y ahí radica uno de sus brillos, y ahí están esos Besos de fogueo, que ayer entré en su territorio y una vez más tuve mucho placer en saborear su prosa, sus ardides para que el ritmo no desalentara ni un momento, ni la voz que cuenta lo que llegó a su memoria por otra vía, sea una voz extraña, una pasajera que incordie. El uso de los símiles lo borda y el uso de los adjetivos no lo borda menos. Bueno eso de que al hablar de las uñas poco adecentadas de un sin techo que se refugia en el metro por ahí por Alcalá, en Madrid, diga que le parecen "como mejillones".
El relato se llama "Sin mierda en las tripas". Léanlo, no se decepcionarán con la carpintería fina de este adicto de las zonas oscuras que viven en nosotros y que sabe tan bien filtrar para que nos llenemos de tristeza y para que al mismo tiempo nos alegremos de esas tristezas. Y ese relato del hombre que va a un sitio medio secreto para saciar sus hambres sexuales que todavía no han salido del famoso armario, y al final descubre, por ese perfume que le llega de Oriente que quien se la endiñó por el mapamundi fue su propio hijo, y todo queda en familia, como aquel que dice. Léanlo y disfrutarán. Y se sabrán en todo momento ante un artista que sabe decir sin decir. Voto a las prosas de Montero Glez.


Ubaldo R. Olivero

viernes, 6 de agosto de 2010

El peine ha perdido su prestigio

No veo a mucha gente peinarse por ahí. Ahora el pelo, al libre albedrío del viento amigo, es quien hace sus agostos, ya no el gesto (en otros tiempos de romántica presunción) de sacar el peine y acomodar esos flequillos traviesos que quieren ir a su aire, concientes de que quien no intenta someterlos, discurre un poco más allá, sortea con fortuna el fácil encasillamiento de que aquella o esta forma en el cuero cabelludo, pregona esto, o aquello. El peine ha perdido todo su otrora prestigio, porque, vamos aver, si el pelo se mueve, hasta es probable que se meneen un poco las ideas que le bullen y zascandilean debajo, y si tal ocurre, todo va bien, pero si el peine o la gomina las quieren fijar, mal vamos, habrá que estar pendiente de que no se desarme el tinglado. Y ahí a las ideas entonces les cuesta respirar y salir a dar un paseo, que es lo que ocurre cuando hace buen viento y la caja del cuerpo necesita de espacio para ventilarse un poco. Mi amigo, el poeta Alfredo, de cuando en cuando, saca su peinecito, y mirando un espejo que no tiene delante, acomoda un poco ese flequillo que se le rebeló, y la muchacha de al lado lo mira un poco nerviosa, desorientada, porque esa imagen ya se ha perdido, quedan pocos que le devuelvan su sacro prestigio. ¿Es de carey? Le pregunté una noche en el As de Copas, pero mi amigo el vate no sabía si era carey, o no. Me lo enseñó pero no estaba seguro que fuera de carey, quedan pocas de estas tortugas de las Indias Orientales, se persigue su huevo, manjar exquisito para bolsillos desahogados. Vivan los peines y Emiliano Zapata!
Ubaldo R. Olivero

jueves, 5 de agosto de 2010

Lo peor de todo

Lo peor de todo, la novelita de Ray Loriga, mantiene tantos años después su alegre frescura y sus muchas minas. O sea que muy bien. La leí en Cuba por allá por el complicado 93, según recuerdo. Un gallego, un poquitín abundante de carnes, y rosadito de piel, salió del Habana Libre? con ella en la mano, y como yo muchas veces andaba por ahí a ver lo que caía, pues siempre algo caía, le abordé y le dije que en las librerías de mi querido largarto de piel verde escaseaban las novedades. El caso es que nos pusimos a conversar de lo de más allá, y lo demás acá, y digamos que sintonizamos pronto, por aquello que se dice de que mucha gente, cuando sale de viaje, deja en casa la armadura, y se relaja, y eso es bueno. Lo bueno de Lo peor de todo es que lo peor tiene sus partes buenas y sus partes no tan buenas, y se habla de las guerras sin que se blasfeme, y hay en Elder Bastidas y compañía muchos Elder Bastidas, como si le molestara salir de ese tiempo de niño que vive, rebelándose con todos y contra todos. Y cuando habla de su hermano M uno no sabe qué sentir por el resto del mundo y las voces que lo pueblan, si sentir algo de compasión o algo de sus derivados. En fin, que cuando Francesco me la pidió para leerla, recordé (volvió a pasar por el corazón) aquellos tiempos en que yo merodeaba el Habana Libre? a la caza de escritores de fuste. Con los libros de Ray Loriga acerté. Y ojalá a ustedes les pase lo que a mi cuando descubrí sus reinos y sus bien capacitadas anarquías de narrardor nada rígido y sabio en el cómo. Me gustan sus libros y sus talentos de cazador.
Ubaldo R. Olivero